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jueves, 5 de febrero de 2015
sábado, 24 de enero de 2015
Por el amor de Dios
“La cogió de la cintura y la atrajo para su cuerpo desnudo. Sobrecogida, no pudo evitar la tentación de tocar sus portentosos abdominales y subir por sus pectorales hasta perder la mano succionada en el enmarañado de su pelo en el pecho. Pepe no aguantó más y la besó. Dolores suspiró de placer.” Acabó el capítulo de “500 sombras de Pepe” y se acostó deseando que algún día pudiera disfrutar de esa manera con su vecino. Desde que lo conoció había sentido cierta atracción por él. Solían coincidir en el descansillo del portal, a veces, incluso pasaba horas allí hasta que se encontraba con él. Con el tiempo la relación fue avanzando y cada vez hablaban más, como comercial o masajista, mercader, fontanera, política o simplemente como borracha; gracias a este último logró saber que seguía sin tener pareja. Los días que no se veían, ella siempre guardaba alguna que otra foto de él en su dormitorio, que se la había hecho sin que se diera cuenta para que saliera más natural.
— ¡Niña! Que me voy a dormir ya. —gritó su madre desde algún punto de la casa.
—Vale, buenas noches. —respondió.
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado, sea...
—Por el amor de Dios, mamá, que reces en silencio. Améeen. —le dijo interrumpiéndola.
—Bueno, pero que no se te olvide que mañana me tienes que lavar entera que hoy he cagado.
Esa noche soñó que se casaba con su vecino en la catedral, la santísima santidad les daba su santa y pura bendición para un matrimonio casto y puro y santo. Un portazo la despertó, era su vecino que salía ya para trabajar. Mierda, pensó. Saltó de la cama, se puso el traje, se echó un poco de potingue en la cara para oscurecerse la piel, se pintó la barba y salió. Afortunadamente, el vecino se había quedado hablando con el del quiosco. Para disimular, se entretuvo ojeando el periódico del día en cuya portada se veía en grande: “2-0, partidazo entre El Alcornocales y Poyales del Hoyo”, y en un cuadrito más abajo “Las tropas patrióticas españolas a punto de recuperar Melilla. Islam tiembla.”. El vecino se despidió del quiosquero y ella lo siguió por la calle que colindaba con el muelle de mercancías del puerto. Pasaron por la antigua estación de autobuses hasta llegar al edificio de aduanas. En la puerta, había una decena de personas esperando a que llegara su vecino. Ella ya sabía que se dedicaba a apoyar a todas las personas que habían sufrido algún episodio violento en el conflicto bélico con Marruecos. También evaluaba si debían recibir una ayuda del estado Español para evitar su exclusión social. Ese día, ella sería uno más, aunque no era la primera vez que iba. A los pocos minutos, se abrieron las puertas. Empezaba la sesión.
—Vamos a ver, las autoridades municipales me confirmaron ayer que ninguna partida yihadista ha llegado por el litoral sur. Así que los que se quejan de que les acosan por el portero electrónico repitiendo todo el tiempo: “Mahoma mola”, por favor, que recojan su parte de alta y se marchen. —ordenó el vecino.
La mitad de los allí reunidos se levantaron al unísono y fueron abandonando la estancia. No era normal que su vecino se mostrara tan tajante y directo. ¿Por qué tenía tanta prisa?
—Los Carmona otra vez. ¿Qué os ha pasado ahora? —preguntó su vecino. Prácticamente todos los que quedaban en la sala pertenecían a la familia de los Carmona.
— ¡Ay payo! Los moros otra ve’, que han venio y ce lan llevao to’: la furgoneta, los claveles y to’. Encima, lan vuerto a tomá con el Jonhatan y el Josua. Míralos, pobrecillos, no pueden ace na’. Por el amor de Dios.
—Vale. Recojan la ayuda y nos vemos la semana que viene. —les interrumpió el vecino.
Todos salieron de la sala excepto ella y los que tenía a su lado. Definitivamente había algo que no le gustaba.
— ¡Usted! —la señaló. ¡Está acusada de contraespionaje!
Madre del señor, por qué elegiría esa tonalidad de piel, pensó. ¿La descubrirían? Bajo ninguna circunstancia podían saber que era una mujer, o que era su vecina, ni que estaba enamorada de él, o todas las cosas a la vez. Los que estaban a su lado, sacaron unas cuerdas y la ataron a la silla.
—Asquerosos. Venís a estas tierras de paz y armonía. Nosotros, gente de buen corazón que no queremos hacerle mal a nadie. —seguía increpándole su vecino. —Cortadle un dedo ahora mismo.
El de su derecha sacó de su maletín una figura de Jesucristo de la penitencia y luego un cuchillo con el que le arrancó el dedo chico de los pies. El dolor era tan fuerte que se mareó de pensar si su vecino tendría reparos para salir con una mujer con un dedo menos. Tras unos minutos sin que pararan de gritarle, acabó preguntando.
— ¿Pero cómo os puedo demostrar de que soy inocente?
El de la derecha miró al vecino, el vecino al de la izquierda, este miraba al cuadro de la virgen misericordiosa que había colgada en la pared, el de la derecha volvió a mirar al de la izquierda y la virgen miró al vecino.
—Si tu dios es el mismo que el nuestro, que nos mande una señal. —acabó contestado con sarcasmo.
En ese momento, una paloma blanca y resplandeciente se puso en la ventana que daba al faro. Brillaba por si sola e incluso emitía un sonido destellante y divino que se hubiera notado más si su vecino no la hubiera disparado con la pistola que acababa de sacar.
—Maldita gaviota. Mañana llueve seguro. —contestó. ¡Metedle la cabeza en el hielo!
Le cogieron de la cabeza y se la metieron en un cubo lleno de agua congelada. Apenas podía respirar y su nariz tenía un color tirando al morado, pero lo peor fue que el maquillaje se le quitó y el pelo le quedó suelto. Ya no podía disimular quién era.
—Está bien. Soy su vecina.
—Por el amor de Dios... —se lamentó el vecino. Ahora me sales con esas… Al calabozo, ¡sucio moro afeminado!
— ¡Niña! Que me voy a dormir ya. —gritó su madre desde algún punto de la casa.
—Vale, buenas noches. —respondió.
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado, sea...
—Por el amor de Dios, mamá, que reces en silencio. Améeen. —le dijo interrumpiéndola.
—Bueno, pero que no se te olvide que mañana me tienes que lavar entera que hoy he cagado.
Esa noche soñó que se casaba con su vecino en la catedral, la santísima santidad les daba su santa y pura bendición para un matrimonio casto y puro y santo. Un portazo la despertó, era su vecino que salía ya para trabajar. Mierda, pensó. Saltó de la cama, se puso el traje, se echó un poco de potingue en la cara para oscurecerse la piel, se pintó la barba y salió. Afortunadamente, el vecino se había quedado hablando con el del quiosco. Para disimular, se entretuvo ojeando el periódico del día en cuya portada se veía en grande: “2-0, partidazo entre El Alcornocales y Poyales del Hoyo”, y en un cuadrito más abajo “Las tropas patrióticas españolas a punto de recuperar Melilla. Islam tiembla.”. El vecino se despidió del quiosquero y ella lo siguió por la calle que colindaba con el muelle de mercancías del puerto. Pasaron por la antigua estación de autobuses hasta llegar al edificio de aduanas. En la puerta, había una decena de personas esperando a que llegara su vecino. Ella ya sabía que se dedicaba a apoyar a todas las personas que habían sufrido algún episodio violento en el conflicto bélico con Marruecos. También evaluaba si debían recibir una ayuda del estado Español para evitar su exclusión social. Ese día, ella sería uno más, aunque no era la primera vez que iba. A los pocos minutos, se abrieron las puertas. Empezaba la sesión.
—Vamos a ver, las autoridades municipales me confirmaron ayer que ninguna partida yihadista ha llegado por el litoral sur. Así que los que se quejan de que les acosan por el portero electrónico repitiendo todo el tiempo: “Mahoma mola”, por favor, que recojan su parte de alta y se marchen. —ordenó el vecino.
La mitad de los allí reunidos se levantaron al unísono y fueron abandonando la estancia. No era normal que su vecino se mostrara tan tajante y directo. ¿Por qué tenía tanta prisa?
—Los Carmona otra vez. ¿Qué os ha pasado ahora? —preguntó su vecino. Prácticamente todos los que quedaban en la sala pertenecían a la familia de los Carmona.
— ¡Ay payo! Los moros otra ve’, que han venio y ce lan llevao to’: la furgoneta, los claveles y to’. Encima, lan vuerto a tomá con el Jonhatan y el Josua. Míralos, pobrecillos, no pueden ace na’. Por el amor de Dios.
—Vale. Recojan la ayuda y nos vemos la semana que viene. —les interrumpió el vecino.
Todos salieron de la sala excepto ella y los que tenía a su lado. Definitivamente había algo que no le gustaba.
— ¡Usted! —la señaló. ¡Está acusada de contraespionaje!
Madre del señor, por qué elegiría esa tonalidad de piel, pensó. ¿La descubrirían? Bajo ninguna circunstancia podían saber que era una mujer, o que era su vecina, ni que estaba enamorada de él, o todas las cosas a la vez. Los que estaban a su lado, sacaron unas cuerdas y la ataron a la silla.
—Asquerosos. Venís a estas tierras de paz y armonía. Nosotros, gente de buen corazón que no queremos hacerle mal a nadie. —seguía increpándole su vecino. —Cortadle un dedo ahora mismo.
El de su derecha sacó de su maletín una figura de Jesucristo de la penitencia y luego un cuchillo con el que le arrancó el dedo chico de los pies. El dolor era tan fuerte que se mareó de pensar si su vecino tendría reparos para salir con una mujer con un dedo menos. Tras unos minutos sin que pararan de gritarle, acabó preguntando.
— ¿Pero cómo os puedo demostrar de que soy inocente?
El de la derecha miró al vecino, el vecino al de la izquierda, este miraba al cuadro de la virgen misericordiosa que había colgada en la pared, el de la derecha volvió a mirar al de la izquierda y la virgen miró al vecino.
—Si tu dios es el mismo que el nuestro, que nos mande una señal. —acabó contestado con sarcasmo.
En ese momento, una paloma blanca y resplandeciente se puso en la ventana que daba al faro. Brillaba por si sola e incluso emitía un sonido destellante y divino que se hubiera notado más si su vecino no la hubiera disparado con la pistola que acababa de sacar.
—Maldita gaviota. Mañana llueve seguro. —contestó. ¡Metedle la cabeza en el hielo!
Le cogieron de la cabeza y se la metieron en un cubo lleno de agua congelada. Apenas podía respirar y su nariz tenía un color tirando al morado, pero lo peor fue que el maquillaje se le quitó y el pelo le quedó suelto. Ya no podía disimular quién era.
—Está bien. Soy su vecina.
—Por el amor de Dios... —se lamentó el vecino. Ahora me sales con esas… Al calabozo, ¡sucio moro afeminado!
jueves, 18 de diciembre de 2014
Top's suite
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sábado, 22 de noviembre de 2014
El origen de los fantasmas
Levantó despacio los párpados pero se le volvían a cerrar sin fuerzas. Tras unos segundos, intentó de nuevo abrir los ojos, aguantando un poco más hasta que volvieron a caer. Soltó un suspiro llevándose las manos a la cabeza pero algo se lo impidió. Tampoco podía doblar bien ni los brazos ni las piernas. Necesitó de unos minutos para, por fin, despejarse la vista y ver que se encontraba tendido completamente desnudo dentro de una caja de madera. Intentó abrirla pero estaba bloqueada por fuera. Su nariz rozaba ligeramente con la compuerta, con lo que no tenía espacio para mover con holgura la cabeza. Con las manos, se tocaba con nerviosismo los muslos, la cintura, la barba, la nariz y el pelo, una y otra vez, de abajo a arriba y de arriba a abajo.
— ¿Hay alguien ahí?
Se corazón empezó a palpitar con fuerza y su respiración se hizo cada vez más pesada. Apenas podía reclinar su cuerpo para mirar si había algo dentro. Desde las rendijas de los tablones de aquella caja, únicamente llegaba a ver estanterías de aluminio con herramientas de taller: un par de sierras, una cizalla, varias tenazas, afiladores y una enorme cortadora de metal. La luz que entraba en aquél lugar le impedía ver algo más. Volvió a gritar con más fuerza. Nadie respondió. En voz baja, para sí, se esforzó en recordar lo último que le pasó ese día: salió del instituto después de una tutoría, paró en el supermercado para comprar y ahí se quedaba. Se reclinó levemente hacia su costado para intentar rascarse la espalda pero, o bien se topaba el hombro con la parte de arriba, o bien el codo con el lateral. Al cabo de un rato sin que nada pasara, empezó a propinar golpes a todos los lados de la caja usando las manos y las piernas, pero ningún tablón se resquebrajó. Suspiró y, de pronto, alguien entró.
— ¡Ayuda! ¡Estoy encerrado aquí!
Chillaba incansable mientras escuchaba a esa persona como se movía de un lado a otro, algunas herramientas pesadas que caían al suelo y el resoplido de algunas sabanas o toldos; hasta que, por fin, pareció llamar su atención. Desde los huecos de los tablones, logró ver que se trataba de un hombre no muy alto y regordete. No alcanzaba a ver su cara, pero su cuerpo estaba parado mirando en dirección a la caja dónde estaba encerrado. Al instante, volvió a desaparecer. Lanzó un grito solo interrumpido por el estruendo de un camión poniéndose en marcha. La caja, con él dentro, tembló cuando el vehículo empezó a circular. Todo se movía con brusquedad en cada curva, por lo que se cubrió la cabeza con las dos manos para amortiguar los golpes. Intentó controlar el ritmo de su respiración, tranquilizándose, hasta que el camión paró. Luego, alguien pareció subirse a la parte de atrás, dónde él estaba. Incluso le pareció sentir que lo tenía al lado, pero no veía nada, estaba todo a escuras.
— ¡¿Qué os he hecho?! Estoy seguro que lo podemos arreglar. ¡Por favor! ¡Estoy aquí! ¡Por favor!
Hablaba llorando a lágrima tendida, balbuceando frases sin vocalizar. Cuando sintió que otra persona se subía también. En ese momento, los dos hombres auparon la caja, quedando él suspendido en el aire hasta que lo soltaron en el suelo con tal violencia que chilló de dolor. Seguía gritando cubriéndose con las manos por si se llevaba otro golpe. Cuando se dio cuenta que estaba entrando tierra en la caja.
— ¿Qué cojones hacéis? ¡Por favor! ¡Lo podemos arreglar!
Pero seguía entrando cada vez más arena y más polvo. Aun así, vociferó hasta que su voz se quedó completamente ronca y desde los huecos de los tablones ya no veía más que oscuridad. Tampoco escuchaba nada de ningún lado. Intentó arañar los tablones hasta que se le rompió varias uñas. Luego intentó hacer palanca con su cuerpo, reclinándose a la derecha del todo para levantar sus piernas y hacer fuerza contra uno de los laterales. Al segundo intentó, uno de los tablones empezó a ceder.
— ¡Sí!
Al tercer golpe, el tablón se rompió completamente pero eso hizo que la tierra atrapara sus piernas. Intentó liberarse ayudándose de las manos, pero no tenía espacio suficiente para moverse. Empezó a sentir un picor a la altura del muslo que le subía por la cadera. Se trataba de hormigas. A oscuras, sin poder moverse de cintura para abajo, volvió a intentar de nuevo rascar los tablones aguantando el dolor y aspirando sus propios aires. Luego, continuó gritando.
— ¿Hay alguien ahí?
Se corazón empezó a palpitar con fuerza y su respiración se hizo cada vez más pesada. Apenas podía reclinar su cuerpo para mirar si había algo dentro. Desde las rendijas de los tablones de aquella caja, únicamente llegaba a ver estanterías de aluminio con herramientas de taller: un par de sierras, una cizalla, varias tenazas, afiladores y una enorme cortadora de metal. La luz que entraba en aquél lugar le impedía ver algo más. Volvió a gritar con más fuerza. Nadie respondió. En voz baja, para sí, se esforzó en recordar lo último que le pasó ese día: salió del instituto después de una tutoría, paró en el supermercado para comprar y ahí se quedaba. Se reclinó levemente hacia su costado para intentar rascarse la espalda pero, o bien se topaba el hombro con la parte de arriba, o bien el codo con el lateral. Al cabo de un rato sin que nada pasara, empezó a propinar golpes a todos los lados de la caja usando las manos y las piernas, pero ningún tablón se resquebrajó. Suspiró y, de pronto, alguien entró.
— ¡Ayuda! ¡Estoy encerrado aquí!
Chillaba incansable mientras escuchaba a esa persona como se movía de un lado a otro, algunas herramientas pesadas que caían al suelo y el resoplido de algunas sabanas o toldos; hasta que, por fin, pareció llamar su atención. Desde los huecos de los tablones, logró ver que se trataba de un hombre no muy alto y regordete. No alcanzaba a ver su cara, pero su cuerpo estaba parado mirando en dirección a la caja dónde estaba encerrado. Al instante, volvió a desaparecer. Lanzó un grito solo interrumpido por el estruendo de un camión poniéndose en marcha. La caja, con él dentro, tembló cuando el vehículo empezó a circular. Todo se movía con brusquedad en cada curva, por lo que se cubrió la cabeza con las dos manos para amortiguar los golpes. Intentó controlar el ritmo de su respiración, tranquilizándose, hasta que el camión paró. Luego, alguien pareció subirse a la parte de atrás, dónde él estaba. Incluso le pareció sentir que lo tenía al lado, pero no veía nada, estaba todo a escuras.
— ¡¿Qué os he hecho?! Estoy seguro que lo podemos arreglar. ¡Por favor! ¡Estoy aquí! ¡Por favor!
Hablaba llorando a lágrima tendida, balbuceando frases sin vocalizar. Cuando sintió que otra persona se subía también. En ese momento, los dos hombres auparon la caja, quedando él suspendido en el aire hasta que lo soltaron en el suelo con tal violencia que chilló de dolor. Seguía gritando cubriéndose con las manos por si se llevaba otro golpe. Cuando se dio cuenta que estaba entrando tierra en la caja.
— ¿Qué cojones hacéis? ¡Por favor! ¡Lo podemos arreglar!
Pero seguía entrando cada vez más arena y más polvo. Aun así, vociferó hasta que su voz se quedó completamente ronca y desde los huecos de los tablones ya no veía más que oscuridad. Tampoco escuchaba nada de ningún lado. Intentó arañar los tablones hasta que se le rompió varias uñas. Luego intentó hacer palanca con su cuerpo, reclinándose a la derecha del todo para levantar sus piernas y hacer fuerza contra uno de los laterales. Al segundo intentó, uno de los tablones empezó a ceder.
— ¡Sí!
Al tercer golpe, el tablón se rompió completamente pero eso hizo que la tierra atrapara sus piernas. Intentó liberarse ayudándose de las manos, pero no tenía espacio suficiente para moverse. Empezó a sentir un picor a la altura del muslo que le subía por la cadera. Se trataba de hormigas. A oscuras, sin poder moverse de cintura para abajo, volvió a intentar de nuevo rascar los tablones aguantando el dolor y aspirando sus propios aires. Luego, continuó gritando.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Monólogo del vegetariano
—Soy vegetariano—. Es decirlo y hacer amigos en todas partes. Unos te confiesan que ellos también lo serían, si pudieran dejar de comer jamón ibérico, el de bellota o el de jabugo, da igual, pero te enumeran todos los tipos que hay. Y estos son de los más suaves, hay otros que, repentinamente, les crece una voluntad irrefrenable de contarte cuando fueron a cazar cervatillos en su casa de campo de Poyales del Hoyo, Ávila. Por supuesto no se quedan ahí, te relatan con minucioso detalle cómo la mujer de turno prepara cada una de las piezas que van a cocinar, porque ellos no cocinan, ellos cazan, también juegan al póker, hablan de negocios, se van por ahí por la noche a divertirse con amigas, pero ellos no cocinan. A este tipo de amigos son los que yo llamo los “Vividores folladores”, no por lo que estáis pensando, sino porque les gusta joder literalmente a todo el que se ponga en su camino. Cuando hablan de los animales que han cazado, siempre hay algún jodido que le hace parar y le recrimina lo bárbaro y cavernícola que es, son los que yo llamo los “Heidis”. A mí me gusta hablar con los “Heidis”, te diviertes mucho.
— ¿Y cuáles son tus motivos para ser vegetariano? —te suelen preguntar siempre.
Aquí da igual si dices que es por la sostenibilidad del planeta o la explotación a los animales o porque Brad Pitt también lo es, los “Vividores folladores” se van a reír igual. Pero con los “Heidis” es diferente. Ellos escuchan e intentan entenderte:
—Yo adoro a los animales también. Tengo varios perros y me dan arcadas de pensar que los chinos se los coman. Pero, ¿y cómo puedes vivir sin proteínas si no comes animales?
La eterna duda existencial de las proteínas. Aquí me gusta ponerme técnico y les contesto: “lo cierto es que cuando llevamos un tiempo sin tomar proteínas, nuestro hígado, a partir de la encima WTF-47, es capaz de generar sus propias proteínas, muchos más grandes y bonitas, a partir del oxígeno que respiramos y las heces que soltamos”. Lo digo de sopetón y los “Heidis” se quedan maravillados. La verdad es que no les culpo. Desde el parvulario nos dicen que las proteínas sólo pueden obtenerse de los animales, que sin ellas no podemos vivir, y los “Heidis” aún necesitan dormir con la luz encendida. Por eso mismo, los “Heidis” suelen ir acompañados de los “Iluminados”, otros de los amigos que me suelo encontrar a menudo. Los “Iluminados” son la antorcha que ilumina y da sentido al camino trágico y melodramático de los “Heidis”. Para ellos, todo en la vida tiene una explicación y un fundamento lógico-científico-religioso, todo junto, que sólo ellos conocen, entienden, o si no se lo inventan. Nada se escapa a su raciocinio privilegiado, excepto una cosa: que alguien se haga vegetariano. Al principio, identificar entre mis nuevos amigos a “Iluminados” es complicado. Te los puedes encontrar en cualquier sitio: en un bar, pidiendo en la calle, en el congreso de los diputados. Incluso a veces van solo, sin ningún “Heidi”. Afortunadamente, cuando empiezan a hablar se les identifica perfectamente:
—Los vegetarianos vais contra el círculo de la vida. El ser humano está arriba, el resto de cosas está abajo. Tampoco es tan complicado.
—Maldito hipócrita come-césped, y las plantas ¿qué? ¿Acaso no son seres vivos?
—Sería totalmente insostenible que todo el mundo fuera vegetariano. No hay tanta tierra.
La verdad absoluta no se discute así que mejor no rebatir ninguno de estos argumentos con ningún “Iluminado”. Pero todos estos amigos de los que os he hablado hasta ahora, no le llegan ni a la suela de los zapatos al último y más temible de todos. A un “Vividor follador” le das un fajo de billetes, aunque sean falsos, y ya les haces felices. A los “Heidis”, les dices que hay una mariposa por ahí detrás y están entretenidos. Y a un “Iluminado” le planteas la paradoja del huevo y la gallina y se queda absorto en un bucle infinito. Pero los peores de todos con muchísima diferencia y sin lugar a dudas son los “Padres”. Cuando le dije por primera vez a mi padre que era vegetariano, él lo entendió más rápido que mi madre, la verdad, y tampoco intentó convencerme de lo contrario, simplemente salió de la habitación diciendo:
—He perdido a un hijo.
Con mi madre fue diferente. Al principio, le costó reaccionar tras este tremendo golpe. Tenía muchas dudas e inquietudes por esta nueva forma de vida.
—Pero hijo, ¿y los pescados también?
—Sí, mamá.
— ¿Y el atún?
—Mamá, el atún es un pescado.
—Ya, pero… Es diferente. ¿Las gambas también?
Hoy la situación se ha normalizado con ella, pero hubo momentos realmente tensos. Como cuando me cocinaba lentejas con chorizo, y lo quitaba antes de ponerme el plato en la mesa. Si algo aprendí de aquellos días es que si te sientas a comer y todo el mundo se queda mirándote, coge el plato y tíralo por la ventana.
Nuestras conversaciones también han cambiado, se centran única y exclusivamente en los análisis de sangre.
—Hijo, ¿cómo estás?
—Pues me han despedido otra vez y cuando llegaba a casa, un encapuchado tartamudo me robó el móvil, le tuve que dar los dos que llevaba, claro.
—Ya, pero digo que cómo han salido los análisis de esta semana, te lo has hecho ya, ¿no?
—Sí, tengo la creatinina dos puntos por encima mamá.
— ¡Ay! Hijo. Deja de ser vegetariano. Eso es porque te faltan proteínas.
—Mamá, la creatinina sale porque hay un exceso de proteínas.
—Mira que ya lo dijo tu padre y eres nuestro único niño…
— ¿Y cuáles son tus motivos para ser vegetariano? —te suelen preguntar siempre.
Aquí da igual si dices que es por la sostenibilidad del planeta o la explotación a los animales o porque Brad Pitt también lo es, los “Vividores folladores” se van a reír igual. Pero con los “Heidis” es diferente. Ellos escuchan e intentan entenderte:
—Yo adoro a los animales también. Tengo varios perros y me dan arcadas de pensar que los chinos se los coman. Pero, ¿y cómo puedes vivir sin proteínas si no comes animales?
La eterna duda existencial de las proteínas. Aquí me gusta ponerme técnico y les contesto: “lo cierto es que cuando llevamos un tiempo sin tomar proteínas, nuestro hígado, a partir de la encima WTF-47, es capaz de generar sus propias proteínas, muchos más grandes y bonitas, a partir del oxígeno que respiramos y las heces que soltamos”. Lo digo de sopetón y los “Heidis” se quedan maravillados. La verdad es que no les culpo. Desde el parvulario nos dicen que las proteínas sólo pueden obtenerse de los animales, que sin ellas no podemos vivir, y los “Heidis” aún necesitan dormir con la luz encendida. Por eso mismo, los “Heidis” suelen ir acompañados de los “Iluminados”, otros de los amigos que me suelo encontrar a menudo. Los “Iluminados” son la antorcha que ilumina y da sentido al camino trágico y melodramático de los “Heidis”. Para ellos, todo en la vida tiene una explicación y un fundamento lógico-científico-religioso, todo junto, que sólo ellos conocen, entienden, o si no se lo inventan. Nada se escapa a su raciocinio privilegiado, excepto una cosa: que alguien se haga vegetariano. Al principio, identificar entre mis nuevos amigos a “Iluminados” es complicado. Te los puedes encontrar en cualquier sitio: en un bar, pidiendo en la calle, en el congreso de los diputados. Incluso a veces van solo, sin ningún “Heidi”. Afortunadamente, cuando empiezan a hablar se les identifica perfectamente:
—Los vegetarianos vais contra el círculo de la vida. El ser humano está arriba, el resto de cosas está abajo. Tampoco es tan complicado.
—Maldito hipócrita come-césped, y las plantas ¿qué? ¿Acaso no son seres vivos?
—Sería totalmente insostenible que todo el mundo fuera vegetariano. No hay tanta tierra.
La verdad absoluta no se discute así que mejor no rebatir ninguno de estos argumentos con ningún “Iluminado”. Pero todos estos amigos de los que os he hablado hasta ahora, no le llegan ni a la suela de los zapatos al último y más temible de todos. A un “Vividor follador” le das un fajo de billetes, aunque sean falsos, y ya les haces felices. A los “Heidis”, les dices que hay una mariposa por ahí detrás y están entretenidos. Y a un “Iluminado” le planteas la paradoja del huevo y la gallina y se queda absorto en un bucle infinito. Pero los peores de todos con muchísima diferencia y sin lugar a dudas son los “Padres”. Cuando le dije por primera vez a mi padre que era vegetariano, él lo entendió más rápido que mi madre, la verdad, y tampoco intentó convencerme de lo contrario, simplemente salió de la habitación diciendo:
—He perdido a un hijo.
Con mi madre fue diferente. Al principio, le costó reaccionar tras este tremendo golpe. Tenía muchas dudas e inquietudes por esta nueva forma de vida.
—Pero hijo, ¿y los pescados también?
—Sí, mamá.
— ¿Y el atún?
—Mamá, el atún es un pescado.
—Ya, pero… Es diferente. ¿Las gambas también?
Hoy la situación se ha normalizado con ella, pero hubo momentos realmente tensos. Como cuando me cocinaba lentejas con chorizo, y lo quitaba antes de ponerme el plato en la mesa. Si algo aprendí de aquellos días es que si te sientas a comer y todo el mundo se queda mirándote, coge el plato y tíralo por la ventana.
Nuestras conversaciones también han cambiado, se centran única y exclusivamente en los análisis de sangre.
—Hijo, ¿cómo estás?
—Pues me han despedido otra vez y cuando llegaba a casa, un encapuchado tartamudo me robó el móvil, le tuve que dar los dos que llevaba, claro.
—Ya, pero digo que cómo han salido los análisis de esta semana, te lo has hecho ya, ¿no?
—Sí, tengo la creatinina dos puntos por encima mamá.
— ¡Ay! Hijo. Deja de ser vegetariano. Eso es porque te faltan proteínas.
—Mamá, la creatinina sale porque hay un exceso de proteínas.
—Mira que ya lo dijo tu padre y eres nuestro único niño…
sábado, 25 de octubre de 2014
Pequeño gatito
Me relajaban los días de lluvia. Cerraba los ojos para escuchar el traqueteo de las gotas, rítmico y constante, luego el silbido del viento y los pasos nerviosos de aquellos a los que el temporal había pillado por sorpresa. Cuando de repente escuché un maullido que parecía venir de muy cerca. Abrí los ojos y vi un gato bajo la tumbona de mi jardín. Me quedé un rato mirándole. Debía tener solo unos pocos meses y estaba mirando hacia todas partes. Salí repitiéndome una y otra vez: “Con calma, que no quieres espantarlo”. Sin embargo, el gatito no se espantó. Mientras me iba acercando, me miraba con esos ojos bien abiertos que clamaban por auxilio. Sin esfuerzo, lo cogí y lo traje a casa. Teníamos empapado todo el cuerpo, así que fui a por dos toallas, una la dejé en el suelo para pequeño gatito para, antes, secarme el pelo. Pero él, con orgullo se empezó a revolcarse solo, sin esperarme. Parecía que estábamos sincronizados escurriéndonos toda el agua que teníamos. Aun riéndome, fui a abrazarlo. Me daba cuenta que, ya tan rápido, empezaba a cogerle cariño. Ya me imaginaba que siempre que llegara a casa, pequeño gatito me recibiría tan contento, o esos días en los que uno se siente triste, él me intentaría animar con sus mimos. Me gustaba. Volví a coger su toalla para terminar de secarle, y ahí fue cuando me di cuenta que le salían unos hilillos de sangre que le brotaban de las orejas. ¿Debía buscar ayuda? Decidí esperar al día siguiente y darle algo de comer. Pero no quería comer, sólo quería acurrucarse al calor de mis brazos. Se arrimó a mi cuerpo y empezó a gorgorear. Los dos nos quedamos dormidos. Cuando me desperté, pequeño gatito estaba muerto.
¿Habrá sido mi culpa? En los días siguientes no podía evitar repetirme esta pregunta una y otra vez. Tendría que haberlo llevado al veterinario cuando vi que sangraba. ¿O quizás fue por hambre? No le insistí para que comiera. Tal vez, incluso lo ahogué mientras dormía. El tiempo pasaba y, no solo no me olvidaba de él, sino que cada vez me sentía peor. ¡Maldito irresponsable! Lo fuera o no, yo me sentía culpable de su muerte y tenía que hacer algo.
¿Pero qué podía hacer? ¿Quizás acoger a otro gatito? Pero luego pensaba que si iba a una tienda de animales: ¿cuál escogería? ¿Por qué uno y no otro? ¿Por qué esas tiendas los venden como simples productos? De pronto, me sentí aterrado antes esas preguntas que prefería no responder. Pero entonces, ¿qué otra cosa podía hacer? En ese momento, se me ocurrió intentar algo. Llevé una mesa al jardín y debajo puse unas toallas, con un tiesto con agua y algo de comida. Al día siguiente, no había rastro de agua ni de comida y todos los trapos estaban llenos de pelos. Con el tiempo, los nuevos gatitos se dejaron ver, sin esconderse. Les hice una caseta más grande y no pasaba noche alguna sin que les pusiera su ración de comida. Ellos sentían mi jardín como su nuevo hogar. Se dejaban acariciar y me buscaban siempre para jugar. No intentaban entrar en mi casa, supongo que respetaban esas reglas de toda convivencia, en las que lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Excepto en los días de lluvia, que se refugiaban en la terraza. Esos días me seguía relajando tanto como antes. Cerraba los ojos para escuchar el sonido del aguacero. Luego un maullido. Abría los ojos y allí estaba siempre. Pequeño gatito.
¿Habrá sido mi culpa? En los días siguientes no podía evitar repetirme esta pregunta una y otra vez. Tendría que haberlo llevado al veterinario cuando vi que sangraba. ¿O quizás fue por hambre? No le insistí para que comiera. Tal vez, incluso lo ahogué mientras dormía. El tiempo pasaba y, no solo no me olvidaba de él, sino que cada vez me sentía peor. ¡Maldito irresponsable! Lo fuera o no, yo me sentía culpable de su muerte y tenía que hacer algo.
¿Pero qué podía hacer? ¿Quizás acoger a otro gatito? Pero luego pensaba que si iba a una tienda de animales: ¿cuál escogería? ¿Por qué uno y no otro? ¿Por qué esas tiendas los venden como simples productos? De pronto, me sentí aterrado antes esas preguntas que prefería no responder. Pero entonces, ¿qué otra cosa podía hacer? En ese momento, se me ocurrió intentar algo. Llevé una mesa al jardín y debajo puse unas toallas, con un tiesto con agua y algo de comida. Al día siguiente, no había rastro de agua ni de comida y todos los trapos estaban llenos de pelos. Con el tiempo, los nuevos gatitos se dejaron ver, sin esconderse. Les hice una caseta más grande y no pasaba noche alguna sin que les pusiera su ración de comida. Ellos sentían mi jardín como su nuevo hogar. Se dejaban acariciar y me buscaban siempre para jugar. No intentaban entrar en mi casa, supongo que respetaban esas reglas de toda convivencia, en las que lo tuyo es tuyo y lo mío es mío. Excepto en los días de lluvia, que se refugiaban en la terraza. Esos días me seguía relajando tanto como antes. Cerraba los ojos para escuchar el sonido del aguacero. Luego un maullido. Abría los ojos y allí estaba siempre. Pequeño gatito.
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